La aproximación ardua y lenta de Bulgaria al Occidente desarrollado

¿Se aproxima Bulgaria a los países europeos desarrollados, o bien, sigue retrasándose frente a ellos? Intenta despejar esta interrogante un estudio de la fundación del multimillonario George Soros, “Sociedad abierta” y su “Índice de recuperación”, hecho público esta semana.

El estudio mide y clasifica los logros de 35 países en Europa, entre países miembros y países candidatos a acceder a la UE, empleando 47 indicadores agrupados en 4 categorías: economía, democracia, calidad de vida y gobierno. Bulgaria se sitúa en el nada envidiable y falto de prestigio puesto 29, en compañía de la mayoría de los países de la península Balcánica, algunos de ellos países miembros de la UE, otros, todavía no. Presiden la clasificación países nórdicos y del noroeste de Europa: Dinamarca, Suecia, Luxemburgo y Holanda, seguidos a escasa distancia por Finlandia, Islandia, Alemania, Austria, Irlanda y Gran Bretaña.

Vale la pena ver cómo Bulgaria se comporta en las diferentes categorías y cuáles son sus problemas principales. Pese a ser el país más pobre de la UE, Bulgaria sale óptimamente parada a través del prisma de los indicadores económicos. Ocupa el puesto 27, y respecto a la deuda externa se sitúa en el prestigioso tercer puesto en Europa. Esto es completamente lógico y totalmente explicable sobre el telón de fondo del crecimiento económico, superior al 3 %, registrado en 2016. Mientras tanto, la política presupuestaria sensata y la restricción de los gastos públicos no podían menos que traducirse en una deuda inferior al 30 % del PIB que no entraña amenaza alguna para el país.

Por calidad de vida y gestión estatal, Bulgaria ocupa el puesto 29 y esto quiere decir que las cosas no andan bien puesto que este país se encuentra en el fondo de la tabla. En realidad, esta clasificación no dice nada nuevo, ya que para los búlgaros esto es un elemento de la vida cotidiana. Se trata tanto del bienestar material como de la asistencia sanitaria, la educación, las estructuras de transporte y energética.

No por casualidad, los búlgaros ocupan uno de los puestos primeros en otra clasificación: la de la percepción de felicidad. Es verdad que en ocasiones incurren en un pesimismo excesivo, pero es igualmente cierto que los búlgaros perciben los sueldos más bajos en toda la UE, que la Educación tiene un nivel bajísimo, que la Sanidad se encuentra en un estado deplorable, que las carreteras y autopistas búlgaras ostentan el nivel que estas instalaciones viales habían tenido en Europa a finales de los años 60 del siglo pasado. No obstante, no hay que pasar por alto, desdeñosamente, el hecho de que la remuneración del trabajo en Bulgaria es la que crece a los ritmos más rápidos en Europa, que la clase media se vuelve más numerosa y que, por una serie de indicadores, no cede mucho, por su modo de vida y poder adquisitivo, frente a la misma categoría social en el resto de los países europeos.

El resultado más bajo es el que Bulgaria se anota con respecto a los indicadores “esperanza de vida”: puesto 34, penúltimo en la clasificación“corrupción”, puesto 33 en“confianza en las personas” y “libertad de los medios informativos”, puesto 30.

Por triste que parezca, actualmente la comparación de los búlgaros con el resto de los europeos, es, con todo, un consuelo el que los búlgaros ya no van bajando en las diferentes clasificaciones, sino que avanzan paulatinamente. El crecimiento del PIB es constante, la esperanza de vida va aumentando, la Educación y la Sanidad se van reformando, la corrupción en el sector público es tolerada cada vez menos por los ciudadanos y la Justicia.

Sin embargo, es aún temprano para decir que Bulgaria se podrá volver pronto un país capaz de codearse por sus condiciones de vida con los países europeos occidentales de mayor desarrollo. El atraso es demasiado importante para ser superado en corto tiempo.

Versión en español por Mijail Mijailov

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