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publicado jueves, 03 de mayo de 2012 8:00 | actualizado domingo, 06 de mayo de 2012 8:00
Radio Bulgaria Sociedad Folclore

La festividad de San Jorge 

Autor: Georg Kraev

© Foto: EPA/BGNES

Según el calendario tradicional de los búlgaros, la mayor festividad primaveral, que marca el inicio del verano, es la de San Jorge, celebrada el 6 de mayo. Desde tiempos remotos la gente de todos los confines del país relaciona a su manera a este santo cristiano con un culto pagano ancestral relacionado con el despertar de la naturaleza y el repunte de la vida económica. Hay varias canciones tradicionales búlgaras que rezan: “Es hermosa la fiesta de Pascua de Resurrección, pero lo es aún más la de San Jorge”.

© Foto: BGNES


Para los búlgaros, San Jorge es protector de los ovejeros y sus rebaños. Por esta razón el 6 de mayo es celebrado también como fiesta profesional de los trabajadores de la ganadería ovina: los ovejeros, los pastores, los lecheros… Es fiesta profesional también de los militares. El nombre de San Jorge es derivado del heleno Georgius que significa agricultor, “quien ama la tierra”, gusta de labrarla y sembrarla, y también de defenderla ante los enemigos. De ahí que San Jorge sea también la fiesta del Ejército búlgaro.
Una leyenda de la aldea de Rusokastro, en la región de Burgás, en el sureste de Bulgaria, cuenta que antes de volverse un santo guerrero, Jorfe fue un pastorcito. En cierta ocasión pastaba su rebaño en un claro en la montaña. En medio del claro había un peral de tronco retorcido, y de una de sus ramas pendía una hamaca en la que dormía un niño. En un momento el niño empezó a llorar. Ya que Jorge era un muchacho muy misericordioso, se acercó al niño y le cubrió la cara con una hoja de la llamada hierba de los tiñosos (en latín Arctium lappa), para que el sol no la quemara…
En ese mismo instante apareció una ninfa del bosque, que era la madre del niño. Pensó que el pastorcito le había hecho algún daño y le dio una cachetada. En ese mismo instante el bebé habló con voz humana: “No le pegues, mamá, dijo. Este niño me ayudó a que el sol no me quemara los ojos”. “Entonces hay que premiarle…” dijo la madre y le dio el pecho. La leche de la ninfa confirió una fuerza inhumana al muchacho, y le hizo capaz de mover toda una peña de un solo ademán”.

Aquí Viene otra leyenda más sobre San Jorge. Érase un valiente, joven y apuesto, que, caminando por el mundo, dio fue a parar en una pequeña ciudad. Era una ciudad extraña: no había en ella ni una sola persona. De pronto, de una esquina, apareció una anciana. “Buenas tardes, señora”, saludóla el valiente. ¿Por qué es tan desierta esta ciudad?” “Porque se nos ha venido encima un gran mal, hijo, contestó la anciana. Es un dragón de tres cabezas que se ha instalado en nuestro lago, y no nos deja beber agua de él sin que le ofrezcamos en sacrificio a una bella joven del pueblo. Nos hemos quejado al rey y él ha dicho que al valiente que logre matar a ese dragón lo premiará dándole a la princesa por esposa y obsequiándole la mitad del reino”. “Vaya, dijo para sus adentros Jorge el valiente. Esta empresa me parece pensada justo para alguien como yo”. Se dirigió al lago, donde la hija del rey, es decir la princesa, esperaba que apareciera el dragón porque le había tocado a ella el turno de ser sacrificada para que la gente pudiera tomar agua del lago. En el momento en que Jorge se acercó a la orilla de éste, resonaron truenos y apareció el dragón de tres cabezas. El joven desenvaino su espada y de un solo golpe las cortó todas las tres… A partir de entonces la gente del pueblo comenzó a celebrar ese día para homenajear a San Jorge.

Antaño los jóvenes y las jóvenes de Bulgaria del Este recorrían los sembradíos, muy al amanecer en San Jorge, para ahuyentar a las brujas y a las magas que hechizaban el trigo y no lo dejaban crecer. Luego bailaban la ronda joró, tras lo cual se bañaban en el rocío de ese día tan señalado en el calendario tradicional. Cortaban retoños de los perales y los entrelazaban con ortiga, haciendo coronas rituales de estas dos plantas simbólicas, con las que adornaban las puertas de las casas, los graneros, los rediles, etc. Encendían una velita y bebían tres sorbos de “agua silenciosa”, es decir agua que las mozas habían traido en absoluto silencio, sin decir una sola palabra, de un manantial en el monte. Esta práctica tenía por objetivo alejar el mal y las enfermedades. Antaño los campesinos temían muchísimo las brujas de los trigales, que en la noche precedente de San Jorge saqueaban los sembradíos llevándose los granos a su casa. Los vecinos de todo pueblo conocían cuál de las mujeres del vecindario era “la bruja de los trigales” y, para prevenir su mala actuación, rogaban al alcalde prohibirle salir esa noche de su casa, sobre todo en las horas entre la misa vespertina y el primer canto del gallo.

Para la fiesta de San Jorge toda ama de casa amasaba panes rituales. La más joven entre las recién casadas amasaba una rosca especial consagrada al propio santo. En la mesa no podía faltar el cordero asado, que ya al nacer por Navidad había sido consagrado al santo protector. Comido el cordero asado, los huesos del mismo no se tiraban a la basura sino que se enterraban en un hormiguero para que “los corderos se multiplicaran en el redirl como las hormigas en el hormiguero”. Una de las prácticas rituales que más alegría y regocijo causaban, sobre todo entre los jóvenes, era la de mecerse en un columpio atado de una rama del árbol más alto en los alrededores. La rama debía ser viva, y jamás una rama seca, ya que de ser seca, quien se meciera en el columpio se “secaría” también, es decir enfermaría de una misteriosa enfermedad.

© Foto: EPA/BGNES


En San Jorge se bailaban rondas joró “saltarinas”, es decir de pasos caracterizados por ligeros saltitos, para que fueran muchos, sanos, fuertes y saltarines los animales nacidos ese año en el redil, y para que creciera alto el trigo sembrado en el campo.
El sábado que precedía el día de San Jorge se llamaba Sábado Blanco, y ese día no se debía trabajar para que no cayeran granizadas. Al despuntar el alba los dueños de caballos los sacaban a pastar al campo y rompían un huevo contra su lomo para que los animales fueran robustos, grandes y macizos. Se creía que los enfermos sanarían si en la noche precedente al día de San Jorge amarraran un hilo amarillo a su muñeca y otro hilo, de color rojo, al rosal en el jardín. Al despuntar el alba, debían cambiar de lugar los dos hilos, remojando antes en el rocío del rosal el hilo rojo que había pernoctado en él. Al frotar con este hilo el lugar doliente en el cuerpo, la enfermedad y el dolor desaparecerían. 

Versión en español por Raina Petkova

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