Un elemento obligado de toda fiesta es, según la tradición búlgara, la opípara mesa festiva. Cuanto más importante es el motivo de la fiesta, tanto mas largos y especiales son los preparativos. Son, igualmente, muy especiales los manjares servidos, hermosamente decorados y ordenados para reunir en torno a la mesa a las personas que más queremos. Sobre todo en Año Nuevo, cuando los festejos comienzan el último día del año que se va y terminan el primero del año nuevo. En esta fecha la mesa suele estar colmada de todo tipo de exquisiteces. Y en un rincón del comedor o la sala en que esté servida la mesa está, sin falta, la tradicional “survachka”. ¿Y eso qué es?, preguntará alguno de ustedes.
En el calendario de la Iglesia Ortodoxa Búlgara, el 1 de enero es el día de San Basilio el Grande. En el calendario tradicional de los búlgaros el 1 de enero es el día del rito "Survaki", en el que se percibe la huella de las prácticas y creencias paganas de nuestros ancestros. En la mesa festiva en Nochevieja no puede faltar el tradicional pan amasado por el ama de la casa, con una moneda dentro. Es obligada también la presencia del tradicional pastel de hojaldre con relleno de huevos y queso blanco, en cuyo interior están escondidos tantos brotes de cornejo cuantos sean los comensales esta noche, para conocer cuál será su suerte durante el nuevo año. El pan de Año Nuevo está prolijamente ornamentado con figuras simbólicas hechas de la misma masa, que representan frutas, aves, animales, flores, el arado, los bueyes, etc., y, naturalmente, una cruz. Antaño este pan con figurillas era amasado por la mujer de mayor edad en la familia, o bien, por una de sus nueras, siempre que ésta procediera de una familia conocida por la destreza con que sus mujeres decoraban el pan.
Con las pequeñas figurillas el ama de casa representaba sobre el pan sus votos de fuerte salud, fertilidad, fecundidad, suerte y bienestar durante el nuevo año. Representaba, asimismo, sus oraciones a las fuerzas del bien para que protegieran a todos los miembros de la familia, los sembradíos, los frutales, los animales domésticos y las aves del corral. Se creía que este pan tenía la mágica capacidad de predecir el futuro. Los jóvenes colocaban bajo la almohada el primer bocado de su trozo de pan para soñar durante la noche con quién se desposarían. En algunas zonas de Bulgaria, al amasar el pan de Año Nuevo, la dueña de la casa salía al huerto y acariciaba con las manos los frutales, dejando en su corteza un poco de la masa del pan ritual. La finalidad de este acto mágico era que los frutales dieran abundantes frutos durante el año nuevo.
A semejanza de en Nochebuena, en Nochevieja la mesa se incensaba, y el pan era partido por el hombre mayor de la familia. Lo hacía con las manos en alto, para que crecieran altas las mieses. Luego repartía el pan entre los comensales, dedicando el primer trozo a la casa. Convenía que el trozo de pan con la moneda en su interior le tocase precisamente a la casa, o por lo menos a su dueño. Así la suerte no abandonaría el hogar durante el año nuevo. Si la moneda le tocaba a otro comensal, el amo de la casa podía comprársela. Este acto sigue practicándose en broma hasta hoy y causa gran regocijo entre los comensales.
En Año Nuevo se sirven muchos platos de carne. En algunas zonas del país es obligada la presencia en la mesa de un cochinillo asado. En otras son preferidos el gallo o el pavo asado. Pero lo más importante es que en la mesa haya gran variedad de manjares. Se sirve de todo lo que da la tierra. Frutas secas, miel, nueces y avellanas, etc. Las copas de aguardiente “rakia” y de vino deben permanecer continuamente llenas, y las personas deben estar endomingadas y muy alegres, porque existe la creencia de que el año nuevo será tal como te encuentres tú al recibirlo.
Mencionábamos el tradicional pastel de hojaldre con relleno de huevos y queso blanco, llamado “banitsa”. La forma en que se prepara este pastel varía en las diferentes zonas de Bulgaria. Habitualmente el relleno es de huevos y queso, pero hay zonas donde la “bánitsa” se prepara con relleno de carne, de col agria chucrut, etc. En el interior de la bánitsa se colocan tantos brotes de cornejo cuantos sean los comensales. Cada brote simboliza un bien: la salud, el amor, el trabajo, el bienestar, el casamiento, etc. El pastel de hojaldre se parte en las primeras horas del año nuevo. El amo de la casa hace girar la bandeja tres veces en torno a su eje y cada comensal toma la pieza de la bánitsa que haya quedado enfrente de él. Por el brote de cornejo que encuentre en su interior conocerá cuál de los bienes simbolizados primará en su vida durante el año nuevo.
Antaño el pastel de hojaldre era preparado en casa. Hoy las amas de casa modernas prefieren comprar el hojaldre semi hecho en el supermercado, donde incluso se venden unos rollitos de papel en que están escritos los diferentes bienes o votos para el año nuevo, pero la mayoría prefiere hacer un esfuerzo y con un poco de imaginación redacta los votos para el año nuevo para sus seres más queridos.
Una vez que las campanadas hayan anunciado la llegada del año nuevo, inician su recorrido por el pueblo los pequeños “survakar”. A diferencia de los cantores de villancicos en Navidad, que son robustos jóvenes guiados por un hombre mayor, los “survakar” son niños de 4 a 12 años de edad que, vestidos a la usanza tradicional, recorren las casas de sus familiares y vecinos portando en la mano una ramita de cornejo llamada “survachka”. La ramita está adornada con guirnaldas de frutas y frutos secos o palomitas de maíz, pimientos secos, ajos, cebollas, hilos de colores y copitos de lana blanca. Cada uno de estos elementos tiene su significado simbólico y alude a la abundancia de la cosecha, la salud, el bienestar, la protección ante el mal, etc.
Con esta ramita de cornejo los niños dan ligeros golpecitos en las espaldas de los mayores y recitan votos de bonanza, que rezan más o menos lo siguiente:
Surva, Surva, feliz Año Nuevo. Que sea un año de buena salud y mucha alegría. Que se llenen de doradas espigas las mieses, de grandes racimos los viñedos, de abundantes mazorcas los maizales y de manzanas rojas los manzanares; que de seda y oro se colmen los hogares, y que la salud no nos abandone este año, ni el que viene. Amén.
Símbolo de salud, fortaleza y longevidad, a través del rito “surva” el cornejo transmite estas cualidades a los humanos. Cuanta más energía haya en los golpecitos propinados en las espaldas de los mayores, tanto más sanos y fuertes serán éstos durante el año nuevo. A los niños este rito les encanta porque, tras escuchar sus votos al compás de los golpecitos recibidos con la ramita de cornejo “survachka”, los mayores les premian con moneditas y golosinas, y cuantas más reúnan de éstas, más queridos y afortunados se sienten los chiquillos.
Y como en toda fiesta, en Año Nuevo los búlgaros bailamos la ronda “joró”. Tras escuchar las 12 campanadas que anuncian el fin del año viejo, y tras hacer el primer brindis porque el año nuevo sea más dichoso y próspero que el que lo precedió, los búlgaros nos tomamos de las manos y bailamos la ronda al son de la música.