La crisis del petróleo en los años 70 del siglo pasado generó la idea de las energías de alternativa y la independencia energética. Hacia finales del siglo 20 la enfermedad de “la vaca loca” puso en boga el tema de la seguridad alimentaria. La expansión de los organismos genéticamente modificados y la globalización del comercio con víveres dieron lugar a las nuevas ideas para la independencia alimentaria. Este concepto no es aún bien conocido, pero el contenido que designa va ganando más y más partidarios en Europa y en todo el mundo. Son especialmente difundidas las ideas de la independencia alimentaria en medio de los jóvenes “anti-McDonald´s”. Su mayor exponente es el Partido Pirata alemán. Estas ideas van ganando un creciente número de seguidores también en medio de los verdes.
El verano pasado Bulgaria participó en la constitución de la Red Europea de Seguridad Alimentaria. El coordinador de las medidas Nacionales en este ámbito es Borislav Sandov, representante de la Fundación para el Medio Ambiente y la Agricultura.
En el mundo va afirmándose cada vez más la idea de que los víveres no son un mero producto, sino un derecho humano y un bien legítimo para toda persona. De ahí la preocupación por la sostenibilidad de la agricultura como fuente de alimentos, que han de ser sanos; y por una agricultura amigable con el medio ambiente. Para lograr esta independencia hacen falta dos reformas, en la agricultura y en el comercio con víveres, señala Borislav. En sus palabras, para conseguir una agricultura sostenible que garantice la independencia alimentaria es preciso contar con un mayor número de agricultores, contrariamente a la tendencia de minimizar la mano de obra en el agro y convertir este sector de una ocupación rural local en una práctica a distancia de personas que residen en la ciudad.
“Las personas deben administrar y labrar sus tierras, y no dejar esta tarea a los ordenadores y las máquinas con mando centralizado desde la ciudad, como suele ocurrir cada vez más en los últimos años, explica Borislav Sandov. Hay que poner fin a la globalización en el ámbito alimentario. Se va extendiendo la práctica de que regiones enteras se especialicen en la producción de un solo tipo de alimentos y cultivos para cubrir la necesidad de otras regiones, muy distantes. Esto no beneficia a la gente local, destruye la economía de su zona, daña a la flora y fauna salvajes, hace desaparecer las semillas, las especies vegetales, las prácticas autóctonas y tiene por resultado el cierre de muchos puestos de trabajo”.
Un problema grave desde el punto de vista de la seguridad alimentaria es el abastecimiento con frutas, hortalizas y otros productos agropecuarios traídos del otro extremo del planeta. Además de los gastos injustificados de energía en su transporte y de la enorme cantidad de gases de invernadero expedidos en la atmósfera, este tipo de abastecimiento tiene múltiples efectos colaterales relacionados con la calidad de los alimentos. Para llegar a nosotros, las frutas y las hortalizas suelen ser recogidas antes de haber madurado y se las deja madurar en el viaje. Se tratan con diferentes sustancias químicas para mejorar su durabilidad y, lo que es aún más importante, se van creando híbridos apostando más que nada por la durabilidad y el aspecto externo de los productos en detrimento de su sabor y de las sustancias útiles en su contenido.
“El resultados son, por ejemplo, tomates de semillas holandesas. Los dejas caer en el suelo y rebotan una y otra vez cual si fueran de goma, sin dañarse. Sin embargo, si pruebas esos tomates con los ojos cerrados no sabrías decir qué es lo que estás comiendo porque saben a nada. Son tan sosos que la gente piensa que son transgénicos”, comenta Mariana Hristova de la Iniciativa Cívica “Bulgaria sin Transgénicos”.
Además de reconsiderar la práctica de abastecerse con productos agrícolas provenientes de tierras muy lejanas, hace falta otra reforma más, en el comercio con semejantes productos, concretamente en el sistema de distribución local a través de supermercados.
“Los supermercados son un ejemplo drástico de cómo los modelos modernos de distribución de los víveres causan distorsiones en el mercado, dice Ivailo Popov de la Asociación “Por la Tierra”. Por un lado tenemos un modelo insostenible en el sentido de que los productos hacen un largísimo viaje antes de llegar a nuestra mesa. Es insostenible, además, porque el beneficio que se genera a lo largo de toda la cadena no es para el productor que ha hecho el principal trabajo, sino para los supermercados que han conquistado una posición de oligopolio en el mercado de víveres. Felizmente, en Bulgaria este proceso no ha concluido aún y estamos con tiempo para frenarlo. Podríamos pensar en modelos en los que haya supermercados pero que tengan un lugar reservado también para la tradicional oferta menor de productos en tiendas pequeñas y mercadillos en que se puedan comprar frutas y hortalizas frescas de los productores locales.”
El problema de los supermercados es que se apropian de una gran parte del beneficio de la economía local. En EE UU ha sido calculado que de cada 100 dólares gastados en un supermercado sólo 14 tienen efecto para la economía local, señala Ivailo Popov a guisa de ejemplo. En cambio, de cada 100 dólares gastados en un comercio local, 45 son el valor añadido que va para la economía local. En otras palabras, el efecto de este tipo de comercio es tres veces mayor que el de los supermercados.
La destrucción de la agricultura local y de los sistemas de distribución locales es una grave amenaza para nuestra independencia alimentaria. A La lista de “pecados” de los supermercados podemos añadir otro más, casi mortal: la imposición de la idea de que los miles de mejoradores de sabor, colorantes, etc. En el contenido de los productos son algo inevitable.
“Los supermercados educan en nosotros una manera de pensar de los alimentos que a ellos les conviene. Nos hacen creer que un determinado producto es la cereza de la torta, la cúspude de la cadena alimentaria, con el montón de sustancias químicas que contiene, y pretenden hacer creer al cliente que lo que se le ofrece es muy sabroso. Todos estos aditivos y complementos artificiales que tienen por objetivo hacer el producto más duradero crean riesgos de enfermedades de difícil trazabilidad a lo largo de la extensa cadena internacional desde el productor hasta el consumidor”.
Las mencionadas reformas en la agricultura, que hacen falta para garantizar la independencia alimentaria, tienen muchas probabilidades de éxito en Bulgaria en la medida que muchas de las malas prácticas existentes en el mundo en este ámbito no se han difundido aún en este país. La independencia alimentaria entendida como un esfuerzo por garantizar alimentos sanos y sabrosos podría basarse únicamente en una agricultura local integrada por haciendas pequeñas y medianas. Precisamente estas características presenta el agro búlgaro hoy en día.
Sin embargo en este sentido surge un gran desafío: la incapacidad de los agricultores búlgaros de agruparse y cooperar entre sí. Los defensores de la independencia alimentaria proponen y ya están aplicando en muchos países europeos un modelo eficiente: el de la agrupación de los consumidores directos y los productores en organizaciones específicas. Las personas de determinada zona que insisten en consumir alimentos sanos y apoyar a los productores locales firman con éstos contratos para el suministro de alimentos producidos de modo natural y sano. Así se evitan los intermediarios, los precios se mantienen a un nivel justo tanto para el productor como para el consumidor, y se ahorra el largo viaje, inútil y a final de cuentas insano, de los alimentos por el mundo.
Las primeras cooperativas de estas características han aparecido experimentalmente también en Bulgaria. No obstante, su alcance es aún muy escaso.
Versión en español de Raina Petkova