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Una voz que no se extingue

Todos los años el 6 de enero los búlgaros conmemoramos el nacimiento de uno de nuestros próceres máximos y uno de los más excelsos poetas de las letras nacionales, Jristo Botev, nacido en 1848. Botev ofrendó su vida en la contienda contra el opresor otomano, cuando apenas contaba 28 años de edad y cuando ya había dejado una obra lírica y periodística que se convertiría en jalón del ser búlgaro.

La noche cae, nace la luna,
estrellas cubren el firmamento,
susurra el bosque, sopla el viento,
la vieja sierra su gesta canta...

Versos que todo búlgaro conoce diríase desde la cuna, porque el poeta y luchador contra la dominación foránea nos es tan familiar como el cielo o la montaña a cuya sombra nacimos; porque Botev es uno de nuestros símbolos primeros de la patria.
Nacido en la villa de Kalofer, en plenos montes Balcanes, Botev cursó estudios en Rusia, donde aspiró los nuevos aires de modernidad que soplaban desde Europa. Luego pasó largos años como emigrado en Rumania, donde fomentó el periodismo combativo y la combatividad organizada de los grupos rebeldes que se preparaban a cruzar la frontera y penetrar en el territorio búlgaro subyugado por el Imperio Otomano. En la primavera de 1876, Botev encabezó él mismo un destacamento rebelde, al frente del cual consumaría su heroica muerte en desigual enfrentamiento al opresor.
Ya antes de cumplir los 20 años Jristo Botev había elegido el camino que le dictaba su corazón inquieto e indoblegable. Dejó los estudios en Rusia y pasó a Rumania para consagrarse al liderazgo del ala revolucionaria demócrata de la emigración búlgara en el vecino país. En 1875, cuando el contexto internacional era propicio a la independencia de Bulgaria, Botev apeló a una “revolución popular, inmediata, inclaudicable”; llamó al sacrificio que llevaría la Cuestión Búlgara a la conciencia de la Europa civilizada, en contraste con el oscurantismo oriental retrógrado que imperaba en Bulgaria.
En los periódicos que editó, Botev publicó también su obra poética: veinte poesías en total que recogen el legado lírico completo de este insigne vate, este máximo poeta de Bulgaria.
Igual que las canciones folclóricas, los versos de Botev son imposibles de igualar en su sencilla grandeza. Sus versos recogen la confesión de un ser noble, fervoroso y apasionado, que se debate entre el amor y el odio, entre la libertad y la esclavitud, entre el ensueño de un mundo justo y supremamente humano, y la realidad de la patria oprimida.

¡Dios mío, Dios justiciero!...
Haz que mi brazo sea fuerte
cuando se rebele el siervo
y que encuentre yo la muerte
en ese combate acerbo...

Esta es la Plegaria de Jristo Botev, quien supo unir en un todo vida y poesía. Cuando en abril de 1876 estalló la más grande insurrección de los búlgaros contra el yugo otomano, Botev se entregó a la acción. Organizó una campaña insurgente y al frente de 200 hombres se apoderó de un buque austríaco, el Radetsky, que navegaba por el río Danubio, y que llevaría a los insurgentes a la orilla patria. Tras una dura travesía, los rebeldes ganaron la cordillera de los Balcanes y ahí, al pie de una cumbre cuyo nombre se convertiría en leyenda, el 2 de junio de 1876 Botev cayó abatido por un balazo.
Eso sí, Botev había vaticinado con mucho acierto que la riesgosa campaña que presidió y el dramático aplastamiento de la Rebelión de Abril de 1876, atraerían las miradas del resto de Europa hacia Bulgaria. La noticia de la valiente incursión del destacamento de Botev, y del heroísmo protagonizado por este pueblo sublevado, difundió la causa de la independencia de Bulgaria por el mundo civilizado.
Botev perdió la vida físicamente en mayo de 1876, y desde entonces su nombre y su legado cobraron una nueva vida, para siempre. Porque Botev de hecho cantó en sus poemas su propio sacrificio, en los versos que todos los búlgaros conocemos, diríase desde la cunna:

Quien por la libertad cae,
no muere nunca, a él le lloran
cielo y tierra, plantas y fieras,
y en sus cantos los vates le loan.

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