El parque de la Iglesia de los Siete Santos Letrados

Foto: www.svsedmochislenitsi.com

El parque que rodea la Iglesia de los Siete Santos Letrados reúne en un todo único la historia y el presente de Sofía. En horas de la tarde abrimos las puertas del templo y mientras nos acercamos al altar oímos únicamente nuestros propios pasos.

Antes de la Liberación de Bulgaria de la dominación otomana en 1878, este templo fue una casa de oración musulmana. La llamaban la Mezquita Negra, ya que su minarete estaba hecho de granito negro. Fue construida por encargo del sultán Solimán I. El proyecto fue obra del arquitecto imperial Koca Sinan.

El relato de Ivanka Didova, sacristana de la iglesia, nos sumerge en el pasado.

“Antaño en este sitio había una  iglesia, incluso un monasterio. Luego en su lugar fue construida una mezquita, llamada la Mezquita Negra. Después de la Liberación de Bulgaria fue propuesto que el templo fuera convertido nuevamente en iglesia cristiana”.

Proclamada la Independencia de Bulgaria, el gran estadista búlgaro Petko Karavelov lanzó la idea de remodelar la Mezquita Negra en vez de construir un templo nuevo. La necesidad de una iglesia ortodoxa en esta parte de la ciudad había surgido dado que el lugar de los turcos que habían emigrado fue ocupado paulatinamente por búlgaros venidos de todo el país, que formaron un barrio nuevo llamado Aligina Majala. La idea de Karavelov se fue abriendo camino con dificultad pero, al cabo de múltiples peripecias, por fin fue aceptada. Es de este estadista también la propuesta de consagrar el nuevo templo cristiano a los Siete Santos Letrados (San Cirilo y San Metodio, creadores del alfabeto eslavo, y sus discípulos Climent, Naum, Sava, Gorazd y Angelarii).

En 1897 el Consejo de Ministros resolvió que la Mezquita Negra fuera remodelada y convertida en iglesia ortodoxa, y aprobó la propuesta de Karavelov de consagrar el nuevo templo a los Siete Santos Letrados.

“La gente entra en el templo para huir del día a día, orar y sentir la fe en su fuero interno”, prosigue su relato la sacristana. Últimamente, noto que vienen muchos jóvenes, hacen preguntas, quieren aprender algo valioso para su fe, ya que en la educación que reciben hay lagunas en este sentido. Desde luego, llenarlas depende de cada uno”.

Lleno de verdor, el parque alrededor de la iglesia de los Siete Santos Letrados es uno de los rincones más acogedores de la gran ciudad.

“Es uno de mis sitios predilectos”, dice un vecino de la capital Sofía que pasea por el parque. “Me gusta venir aquí. Me gusta contemplar la iglesia, que me carga de energía adicional, y creo que así me siento más en armonía conmigo mismo. Al menos ésa es la sensación que me da”.

“Este parque tiene diferentes rincones: para el recreo de los menores, para jugar a la pelota, para que los adultos puedan sentarse y tomar un café o una cerveza”, explica otra vecina con que topamos en el parque. “Hay sitio para los jubilados, para las mascotas, ahí al fondo hay un espacio para los pequeñitos. Cada cual tiene su rincón en este parque. Yo soy de Sofía. En 1911 mi abuelo vino de la ciudad de Trun y se asentó aquí, de manera que podría decir que soy sofiota de tercera o cuarta generación”.

La campana de la iglesia parece medir el tiempo y la historia. Su tañido cuenta de los casi cinco siglos de dominación otomana, del júbilo por la Liberación en 1878, de la proclamación del nuevo Principado de Bulgaria y de la unificación del norte y el sur del país. El secular edificio guarda recuerdo de las voces y de las oraciones de muchas generaciones de búlgaros, y en proximidad a la tumba de Petko Karavelov en el parque juegan niños, los ciudadanos búlgaros del mañana.

Versión en español por Raina Petkova

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